Estaba impaciente. Mi última experiencia en un museo había
sido el 3 de marzo en Gante, donde había visitado la exposición de Jan Van Eyck
y tenía la sensación de haber vivido algo inolvidable, irrepetible. Por esta
razón volver al Prado no era solo la oportunidad de reencontrarme con esa
necesidad del arte que dijera Fischer, era algo más, significaba
reencontrarme con mi pasado, con mi identidad, como el que necesita volver a
reunirse con lo amado. Salí temprano de casa, al pasar por la Plaza del Rey vi
a dos chicos acariciándose, a pesar de las mascarillas que llevaban pensé, de
repente, que habíamos vuelto a la normalidad. La entrada en el museo no
defraudó; a las ganas del reencuentro surgió una nueva sensación, la
de entrar en un mundo nuevo, con unas sensaciones diferentes a las que había tenido
otras veces.
La bienvenida del Furor
desnudo era como el prolegómeno del poder de las imágenes cuando nos hablan
para contarnos la verdad, nacida ahora de un nuevo discurso para los que
queremos entregarnos a descubrirlas y gozarlas con ojos limpios, entregados sin
pedir nada a cambio. Javier Portús ha recordado en varias ocasiones que uno
puede seguir la historia del museo gracias a los cambios de la Galería Central
y esta ocasión era de las excepcionales. Nunca desde la Guerra Civil el Prado había estado cerrado tanto tiempo, y a mis ganas de reencontrarme con él, se unía la de los personajes encerrados en sus historias y las de la retórica
del nuevo discurso que se abría a nuestra mirada. Reconozco que estaba
condicionado por la lectura de La dama
duende de Georges Didi-Huberman. En este libro el pensador francés nos habla de la
forma en la que Georges Bataille se había acercado al arte y cómo en su último libro
Las lágrimas de Eros se dedicaba a
escrutar la ambivalencia de las sonrisas humanas divididas entre deseos y
dolores. Esa ambivalencia era la que marcaba el eje vertebral del museo, el
corazón dividido entre Flandes e Italia y el mundo nórdico, con los grandes como
únicos protagonistas, y por primera vez franqueándonos la propia galería Adán y Eva de Durero y en el verso los autorretratos de su autor y de
Tiziano, uno y otro como padres de la pintura. La nota dramática del
Descendimiento de Van der Weyden, quedaba compensada por la serenidad de Fra Angélico y
la sensualidad de Antonello. Más adelante el aviso de la mesa de los pecados capitales venía a preguntarnos si quizás
habíamos hecho tanto daño al mundo para explicar El triunfo de la muerte. De repente, el Noli me tangere de Correggio cobraba un nuevo sentido, un nuevo significado
como consecuencia de la brutal pandemia. En ese opúsculo de La dama duende, antes citado, el autor
se preguntaba sobre el origen de la palabra “duende” y yo estaba esperando que
esa sensación, que ese sentimiento, ese no se qué, me atravesara, como recordaba
García Lorca citando a un viejo maestro “el duende sube por dentro desde la
planta de los pies”.
Y ese encanto misterioso e inefable lo encontré en la Sala de las Meninas, rodeadas de los Bufones, algo que habría hecho las delicias de Moreno Villa y volví a repetir esa sensación en la sala dedicada a Murillo donde la Inmaculada de los Venerables se medía con Rubens, Van Dyck, Herrera el Mozo y Antolínez. Ahí queda todo dicho y no hace falta añadir más.
Y ese encanto misterioso e inefable lo encontré en la Sala de las Meninas, rodeadas de los Bufones, algo que habría hecho las delicias de Moreno Villa y volví a repetir esa sensación en la sala dedicada a Murillo donde la Inmaculada de los Venerables se medía con Rubens, Van Dyck, Herrera el Mozo y Antolínez. Ahí queda todo dicho y no hace falta añadir más.

También Bataille reconocía en sus artículos en Documents que era “el pintor de lo imposible” en relación con esa “filosofía de la angustia” que veía también en la cultura española. Siempre que vuelvo a La carga de los mamelucos quiero encontrar el desgarro, ¿es esa la huella del autor de La Parte maldita?.
Esas cicatrices forman parte de la historia, así como esta exposición antológica,
metafórica, única, forma parte de nuestra historia; una colectiva de
sentimientos, agradecimientos, lamentaciones y esperanzas. Esas que hacen que
salga colmado y con la sensación de haber vivido un momento único. Vuelvo a casa por San Antonio de los Alemanes, y de repente esa misma sensación de ambivalencia de dolor y deseo me vuelve a recorrer el cuerpo, pero se rompe mi pensamiento y me devuelve a la realidad, la de la cola de ciudadanos que a la puerta de la Hermandad del Refugio esperan la ronda de pan y huevo, esa cola que cada día es más grande y que podía ser otra instantánea del reencuentro, como unos invitados más a la nueva normalidad.